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miércoles, 26 de noviembre de 2014

La Plaza de la Cebada, de Ricardo Muñoz Fajardo.
Mi novena novela publicada, esta vez por parte de Delibrum Tremens Editores:
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¡¡NOVEDAD EDITORIAL!!
Ricardo Muñoz Fajardo, vuelve a deleitarnos con esta nueva novela, continuación de EL RASTRO DE LOS CIMARRONES.
"Novela adictiva de intriga y misterio en donde el personaje del general Riego y la polí ca de la época son los ejes donde gira la novela y sus protagonistas"

Disfruta ya de las primeras páginas de LA PLAZA DE LA CEBADA

1-La puñalada del zurdo
Vio a alguien a lo lejos, junto al puente romano sobre el río Guadalupejo, el más antiguo que cruzaba el cauce.
Dudas no tuvo a pesar de la presencia allí, y Rodrigo Pizarro, ese vecino reciente y extraño del pueblo, se aproxi- mó a buen paso hasta aquel sujeto cuya presencia le intriga- ba.
Unas varas antes de llegar a él, se dio cuenta de que el hombre no dejaba de mirar hacia el río, apoyado a ratos en lo que quedaba de pretil de la puente, unos muretes en la parte derecha y nada en la izquierda.
El otro lo oyó venir con mucha antelación. A partir de ese momento, el hombre dividió su vista entre el río y el ex- traño que se aproximaba.
Los dos reconocieron quién era el otro prácticamente a la vez. El que estaba plantado en el puente suponía que quien venía hacia él era aquel indiciado venido a Guadalupe, el pueblo en donde vivía, no ha mucho tiempo, acompañado de una mujer mulata de muy buen ver, bastante más joven


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que él, su esposa, de un muchacho de buena planta, tan alto o más que el indiano, y de un mocoso renegrido al que no era extraño ver jugando o peleándose con cualquier zagal de su edad en las calles del pueblo.
El retornado de las Indias, en realidad un huido desde Guayaquil, observó que el otro era un hombre viejo ya, del que conocía su nombre, Martín Tarancón, y alguna de sus cuitas. Según había oído, se trataba de un antiguo cura que simpatizaba con Riego y el régimen liberal imperante en Es- paña desde el año 1820. De él sabía que era el más alto re- presentante, sino el único, de la Milicia Nacional en Guada- lupe.
La Milicia Nacional era una especie de policía de la Es- paña liberal, cuyo origen provenía de la Guerra de Sucesión, librada entre Austrias y Borbones a principios del siglo XVIII, cuando fueron creadas como una forma de defensa cívico-militar durante la dirección de la conflagración.
Pero su verdadero desarrollo se produjo durante la Guerra de la Independencia, cuando el ejército español fue derrotado y disgregado por las huestes napoleónicas, y cuya consecuencia fue la creación de las Juntas Locales y Provin- ciales y una Regencia, que asumieron todas las funciones de gobierno en paralelo al bonapartista, y que fueron las que armaron al populacho en su lucha contra el francés.
La constitución de 1812 reguló su funcionamiento co- mo fuerzas combatientes e integrantes del ejército, aunque separadas del regular. Debían cumplir tareas de seguridad, orden y paz en el país.
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Fernando VII, el deseado, las disolvió en 1814, cuando retornó a España desde su jaula de oro en Francia, y se con- fabuló con los absolutistas de España para derogar la consti- tución de Cádiz. Las consecuencias derivadas de la subleva- ción del general Riego volvió a ponerla en vigor, lo que su puso el renacimiento de la Milicia Nacional.
Los dos hombres ya estaban lo suficientemente cerca el uno del otro como para cruzarse unas palabras de saludo, y así lo hicieron, más como un gesto cortés que por la familia- ridad entre ambos, que era prácticamente inexistente.
Una vez repartidos los parabienes, el viejo volvió a acodarse en el pretil maltrecho para asomarse al río. Pizarro lo imitó a un par de codos de distancia de él, e intento localizar lo que le llamaba la atención del antiguo cura, y el motivo de su presencia en aquel lugar.
Allí estaba. El cuerpo sin vida de un hombre entrado en carnes permanecía boca abajo, atrapado entre unos ramajes anclados en una de las orillas del riachuelo, la más cercana a ellos, y la tierra húmeda convertida en barro en tramos sal- teados de la ribera, de cuando el caudal del río bajaba más crecido, en la primavera que estaba próxima a expirar.
—¿Lo ve usted? —preguntó el policía, con un gesto in- necesario de su barbilla para señalar el cadáver.
—Sí, lo veo —confirmó Pizarro, siempre parco en pa- labras—. Parece el cura que hace de párroco en Guadalupe.
—Lo es —asintió Tarancón, con un gesto muy elo- cuente de su cabeza.
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—¿Por qué lo mira tanto? —ironizó el indiano, con voz gritona—. Por mucho que lo haga, no va a conseguir que el muerto se ice solo y venga hasta aquí.
El viejo miró al otro con desdén, un tanto escamado por el efecto de su socarronería.
—Le estaba esperando a usted —le devolvió la guasa al forastero—. Aquí, en Guadalupe, el único miembro perma- nente de la Milicia soy yo, y estaba pensando que un indiano desocupado como usted, que dedica su tiempo por entero en gastar la fortuna que se ha traído de las Américas en frusle- rías, estaría encantado en ayudarme en mi labor de policía.
Pizarro esbozó una amplia sonrisa.
—No se fíe tanto de mí —exclamó con sutileza—. Yo no tengo nada de provecho.
—Usted está aún a tiempo de corregir eso —sermoneó el viejo, medio en serio medio en broma—. Mis muchos años no me permiten ya hacerlo, y recuperar para vivirla una existencia dedicada a servir a la iglesia y no a Dios.
—Un mal colaborador busca en mí, señor policía — Pizarro puso sus últimas trabas a un ofrecimiento que le gus- taba—, porque habrá situaciones como ésta, en la que el cu- ra es el muerto, que más gana tendré en encubrir al asesino que detenerlo.
—Por sus palabras, entiendo que el finado no era san- to de su devoción —dedujo el viejo, sin ningún síntoma de alteración.
—No.
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Pizarro no dio ninguna explicación sobre sus fobias ha- cia el sacerdote muerto, y ése fue un detalle que gustó mu- cho a Tarancón.
El antiguo rastreador no quiso contarle una conversa- ción que tuvo con el muerto a los pocos días de llegar a Guadalupe. En ella, éste vino a recriminarle su escaso gusto por las mismas y su iglesia, diálogo que concluyó con una amenaza explícita del sacerdote con respecto a su actitud en un país como España.
Tampoco quiso hablarte de que sabía que el sacerdote era un conspirador contra el régimen establecido, el consti- tucional, en busca de la vuelta de un absolutismo que retor- naría al catolicismo obligatorio que devolvería a la iglesia al centro de la sociedad española, como incansable salvaguarda de las buenas costumbre de hombres y mujeres, como ve- nían haciendo desde tantos siglos, en su vigilancia continua de favorecer a los ricos y poderosos, tan dignos hijos de Dios, afectos a las limosnas y demás obras de caridad hacia los menesterosos, esos seres humanos a los que se les des- preciaba y esquilmaba antes.
Y no quiso hablarle al viejo de la afición de Hugo Mon- tes, así se llamaba el cura, por los niños y niñas que acudían a sus cultos, confesiones y catequesis, a los que tantas veces buscó completar su formación espiritual con dosis de expe- rimentación carnal. Tampoco le dijo que él, Rodrigo Pizarro, había llegado a amenazarlo con un cuchillo en la garganta para que cesara en sus tocamientos, abusos y violaciones de sus impúberes feligreses y que, cuando lo dejó vivo, no había dejado ni un solo día de arrepentirse de no haberle rebanado el pescuezo.


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