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martes, 18 de noviembre de 2014

Entrevista a Ricardo Muñoz Fajardo en "El periodista digital", de Antonio Florido

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-       Ricardo, usted comenzó escribiendo ensayos sobre arquitectura modernista en España y luego dio el salto a la pura narrativa, ¿qué sucedió para motivar este cambio?

Las primeras novelas las tenía ya escritas, pero tuve una desilusión tremenda con una de ellas, “Las Siete Vidas” una obra que yo considero fundamental en mi currículo, en la que hubo cuatro editoriales interesadas en publicármela, incluso llegué a tener el contrato para firmar en la mano, y aparté durante unos años la faceta de escritor de mi vida.
Empecé a investigar sobre el modernismo, y publiqué el primer libro que escribí sobre el tema, y el segundo y el tercero, y así hasta nueve.
Un día, Carmen, mi mujer, me animó a volver escribir ficción, aunque sólo fuera para ella, y volví a hacerlo. Las primeras novelas empezaron a serme publicadas, y ahora he conseguido llegar hasta las diecinueve, de las cuales se me han editado 9, tengo dos más comprometidas para el año que viene y otras dos en negociaciones.


-       En su magnífica novela El solsticio de invierno plantea un panorama desolador de la España de 1973, ¿qué respondería a quienes le tachan de ser demasiado pesimista?

Una dictadura es muy triste, ya sea de un signo u otro, porque al final, sus extremos se acaban tocando. Franco, en 1973, todavía tenido un establecido un régimen basado en el fascismo de los años veinte y treinta, y era un sistema excluyente de todos los demás.
Yo, de todas formas, no creo que sea una novela que dibuje un panorama pesimista, porque la relación entre el policía joven y el viejo se deja entrever que los tiempos van a cambiar, que el franquismo era una obsolescencia que ni los Estados Unidos ya estaban dispuestos a tolerar.

-       Su estilo ha alcanzado una madurez admirable en esta obra.

Yo no era consciente de que tenía un estilo propio hasta que me lo han hecho ver los demás. Mis novelas suelen tener unos protagonistas muy diferidos, pero es cierto que sus repartos son corales, con personajes que entran y salen de la narración con una naturalidad que creo que es muy espontánea. Esta parte de mi escritura es, pienso yo, una clara influencia de “La guerra del fin del mundo”, uno de los mejores libros que haya leído jamás, pero también de mi formación universitaria, la historia, que hacen que el tiempo que trascurre sea otro de los personajes importantes de mi narrativa, al menos en parte, o no siempre, y como las ideas las tengo dentro de mí y suelo documentarme muy bien, las palabras brotan fluidas, sobre todo cuando los personajes adquieren vida propia dentro de mi imaginación.


-       ¿Qué hay de usted en el protagonista del libro?

¿Quién es el protagonista del libro? Los policías malos de la Brigada Político-Social, o los dos inspectores de la Jefatura de Madrid, o la huelga, o el FRAP, o ETA, o Salvador Puig Antich, que sólo aparecen en una pequeña parte de la novela.
Decía un escritor, no recuerdo cuál, que decía que todas las novelas tienen algo de autobiográficas, y sí, yo soy el niño que ve a su padre de baja en casa mientras transcurre la huelga, el que pregunta al policía de gris cómo se llega hasta Ópera, pero no, no creo que tenga lo suficiente de mí ninguno de los personajes que aparecen en la novela

-       ¿Cree que los autores jóvenes ya no se preocupan por lo que defiende su generación y que lo que publican es a la literatura lo que los chistes de Lepe al humor?

Lo importante es que la gente lea, aunque los temas sean tan redundantes. A mí me gusta un libro, o una película, que te haga pensar, que sea una obra literaria en sí, pero también me gusta mucho a ciencia ficción o el género de aventuras.
Sí que es cierto que ahora han surgido libros demasiado intrascendentes, porque la generación que hemos criado nosotros iba a vivir mejor con nosotros, y que iban a ser los hombres y mujeres que iban a consumir ocio y espectáculo, pero esta absurda crisis está volviendo a reavivar conciencias y, sorprendentemente, que la gente que te rodea vuelva a luchar por los derechos adquiridos por nuestra generación durante la Transición.
Pero, ojo, que entretenerte por entretenerte, no está ni mucho menos mal.
-       ¿Cree que los autores oficialmente consagrados que acaparan el panorama son un tapón para las nuevas generaciones y que su único mérito artístico es seguir vivos a pesar de tener el colesterol y las transaminasas en unos niveles clínicamente inverosímiles?

No, rotundamente no. El éxito es cuestión de suerte, porque estoy seguro que hay escritores de muchísima calidad que se merecerían vivir de sus libros, pero también hay muchos que se tildan de tales que sólo emborronan folios, que reconocen con orgullo en público que ni tan siquiera dominan las técnicas de escritura ni la correcta ortografía.
También es cierto que hay escritores encumbrados que sólo escriben verdaderos petardos, que libros que han ganado premios son verdaderamente infumables, pero en líneas generales, muchos de los escritores de la cima se lo tienen merecido, aunque sea cierto que lleven mucho tiempo sin redactar un libro realmente bueno.

-       ¿Qué opina de los que osen criticar la hondura de sus obras, tachándolas de triviales o superficiales?

Las críticas certeras hay que asumirlas. No comparto que se diga que una novela histórica, o negra, no vayan a pasar a los anales de la literatura.
Pero es que además, lo siento, yo puedo escribir una novela histórica, negra, de ciencia ficción, pero nunca serán triviales. Quién no quiera ver en El solsticio de invierno que es una novela-crítica sobre una época, es que no está viendo lo que yo he escrito. Quién no distinga en “El discurrir por la ciudad fantasma” el ácido sabor que nos produce a los europeos la sociedad americana, tampoco me está leyendo. Quién no vislumbre en “El rastro de los cimarrones” un alegato sobre el fracaso de la revolución liberal en la América hispana, que no de la independencia de las colonias, pues un tanto de lo mismo. Quien no vea en “La Plaza de la Cebada”, “Tragicomedia en cuatro actos” o en “Un amigo desaparecido en la guerra de España” –que tratan el trienio liberal, la I y II República, respectivamente-, el desencanto del fracaso de la progresía en los gobiernos de España tanto por desavenencias entre las diferentes facciones de las fuerzas liberales o revolucionarias, es que no está sabiendo leer entre líneas.

-       La crítica se dedica a ensalzar y dorar la píldora a aquellos escritores con patentes de corso, a los puramente comerciales, y se “olvidan” de los escritores que verdaderamente aman la literatura, ¿qué opina sobre esto?

Tampoco estoy de acuerdo al 100% en esto. Los críticos de literatura, a diferencia de los de cine, no ven todo lo que sale, porque sería materialmente imposible, y aunque es bien cierto que algunos parecen sentir un cierto desprecio sobre los libros que sacan editoriales pequeñas y medianas, su labor es imposible, no puede leerse todos los libros que se publican en España a lo largo de todo el año.
Pero no nos olvidemos que los organismos oficiales hacen un tanto de lo mismo. Cuando se concede un Premio Nacional de Narrativa, ¿cuántos libros se han dejado de leer que tal vez lo hubiesen merecido ese año?

-       ¿Cuál es su siguiente proyecto?

Referido a la editorial que dirijo, Libros Mablaz, es intentar estar en la feria del libro de Madrid del año que viene, el 2015, ya que tenemos cubierto todo el plan de publicación del mismo. Después, delegaré parte de mis funciones en mi hijo Rodrigo, que me ha salido también lector y escritor.
Referido a mí faceta como escritor, además de mi luchando para conseguir que “El Solsticio de invierno”, “El rastro de los cimarrones” y “El discurrir por la ciudad fantasma” puedan ser llevadas al cine, negocio que mis novelas inéditas sean publicadas, acabo de terminar “Modernismo ausente y olvidado de Madrid y provincia”, un libro sobre el modernismo madrileño que verá la luz en Enero, retocar un libro sobre Frank Gehry, el arquitecto del Guggenheim Bilbao, que saldrá en mayo, estoy con el lanzamiento de “La plaza de la Cebada”, la segunda aventura de Rodrigo Pizarro, y estoy escribiendo “La tropa caníbal”, una historia sobre la esclavitud en África en el siglo XVI, después empezaré con la segunda entrega de las investigaciones policiacas de mis polis de Detroit en “la última batalla ganada”,  y más tarde, también la segunda presencia del inspector Manuel Moreno en un libro, “El único caso del subinspector Niño”, centrado en los hechos de la matanza de Atocha.
Después, otras 10-15 ideas más, pergeñadas pero aún no investigadas ni documentadas.

-       El solsticio de invierno es una obra muy atrevida al abordar el tabú de la etapa postrera del franquismo. ¿No teme la reacción de ciertos sectores sociales?

De lo que tenía miedo es que al libro se le tildara como un apólogo del franquismo, cuando es justo todo lo contrario. Por eso, al principio indico que la opinión de los personajes en el libro es de ellos, nunca del autor.
El franquismo, ¿cuándo conseguirá enterrarlo este país de una maldita vez? Fue una parte nefasta de nuestra historia, que jamás tenía que haber ocurrido, démonos cuenta de una vez de eso.

-    ¿Cómo consigue crear esas atmósferas tan atrayentes y a veces tan asfixiantes?

Porque no actúo con ningún tipo de recato. Una manifestación, el peligro de muerte, el crimen, la presión, no tienen que aparecer dulcificada, tal como nos muestran en algunas películas. Mis novelas intentan mostrar la realidad, pero no sólo vista desde un punto de vista, el más convencional, sino desde los personajes que lo disfrutan o lo sufren.

- ¿Considera que ya ha escrito su obra maestra?

No sé si seré capaz de tal gesto, porque las obras maestras sólo las escriben los genios.

Sí que creo que he escrito muy buenos libros. El primero de ellos, “Las Siete Vidas”, y de los publicados, “El rastro de los cimarrones”, “El solsticio de invierno”, y alguno más a los que tengo un cariño especial. También me gusta mucho como me quedó “La República”, el primer libro de ciencia ficción que escribí, “Arquitectura efímera” o “Tragicomedia en cuatro actos”, los tres inéditos, sin desmerecer a ningún otro.

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